Llega el verano y con él una conversación que muchas familias posponen: ¿qué hacemos con el fútbol estos meses? Para algunos niños, parar es un alivio. Para otros, es lo peor que les puede pasar. Y para muchos padres, no saber cómo leer esa diferencia genera una tensión innecesaria en casa.
El error más común: convertir el verano en un examen
Cuando se pregunta al niño si quiere seguir entrenando en tono evaluativo, no escucha una pregunta. Escucha una expectativa. Y dependiendo de cómo esté ese día responde desde el estado de ánimo, no desde lo que realmente siente sobre el fútbol. El verano es un buen momento para escuchar, no para evaluar.
Preguntas que abren sin presionar
- «De todo lo que has hecho este año en el fútbol, ¿qué es lo que más te ha gustado?»
- «¿Hay algo que te hubiera gustado que fuera diferente?»
- «¿Echáis de menos entrenar en vacaciones o es un descanso?»
El verano no tiene que ser productivo
Un niño que juega en la playa, nada y duerme bien vuelve a septiembre mejor que uno que ha estado entrenando todos los días. El descanso activo es parte del desarrollo. Si su hijo quiere tocar el balón, perfecto. Si quiere desconectar tres semanas, también. Lo que no es válido es que esa decisión venga de la culpa o la presión familiar.
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